La Prensa, en la lucha
Pese al apoyo que me prestó la mayoría en las Cámaras, frente a los enconados ataques de la oposición, salí desengañado de la función pública por haber perdido toda esperanza de que se aprobaran los proyectos de ley que el Gobierno había enviado con relación a la vivienda y reforma agraria y a mis esfuerzos por despertar el interés entre los parlamentarios por tan importantes cuestiones.
En La Prensa encontré el mismo espíritu que había dejado. Combativa, en defensa de las buenas causas, no era raro que se enfrentara al Gobierno. Conservaba la tónica que había tenido desde su primer número.
Por eso creo que ha de ser interesante hacer un recuento de su historia. Cuando don Pedro de Osma fundó La Prensa en 1903, el Perú tenía un solo periódico de influencia nacional: El Comercio.
Como un paso democrático desconocido en ese entonces, en elecciones libres fue elegido Presidente Nicolás de Piérola, héroe de la llamada Coalición, o sea, el levantamiento general de la civilidad para liberar al país del predominio militar.
Actuó Piérola como verdadero demócrata y al término de los cuatro años que señalaba la ley, hubo nuevas elecciones. Resultó elegido Romaña, quien siguió la misma línea que su antecesor. Sin embargo, el poder empezó a deslizarse del partido de Piérola a los “Civilistas”, sus aliados de la Coalición, quienes anteriormente habían sido sus adversarios.
El Perú pasaba entonces por el desequilibrio característico de un país con un solo periódico de peso, cuya influencia, en la opinión, era necesariamente muy grande. Como es natural, quien acumula tanto poder en sus manos durante tanto tiempo, llega a creer que ese poder es atributo de la persona que lo ejerce, y se vuelve así más prepotente cada día.
Los miembros del Partido Demócrata (los “pierolistas”, como siempre se les ha llamado) empezaron a sentirse incómodos ante ese estado de cosas. Se convencieron de la necesidad de otro periódico. Habría así la posibilidad de restablecer el equilibrio político. Nada lo impedía dentro de la absoluta libertad de prensa que había en el Perú de entonces.
Reunidos los fondos necesarios, fundaron La Prensa en 1903. Su director, don Pedro de Osma, era un hombre íntegro, demócrata de veras, y luchador que a nadie temía enfrentarse.
Don Pedro tenía fama de ser impulsivo. Me contaba Deza, el viejo linotipista que también trabajó conmigo mucho después en La Prensa, y con quien desarrollé una gran amistad, que entregó a don Pedro la prueba del editorial que iba a aparecer en el primer número para que lo leyera. Su reacción fue inmediata y violenta. Pidió la galera con los lingotes del editorial y la arrojó al suelo. Luego escribió un editorial muy distinto, con el que apareció La Prensa a la luz pública.
El nuevo diario que dirigía Osma era independiente y combativo, y se enfrentó al grupo de los “Civilistas”, que contaba con el apoyo del antiguo periódico El Comercio.
Las luchas eran constantes. Hubo hasta un intercambio de balazos con una manifestación civilista que pasó delante del local de La Prensa en la calle Baquíjano. La Prensa mantenía su propio criterio y criticaba francamente a los gobiernos del Partido Civil. La pugna con El Comercio era constante y candente.
A la cabeza del Partido Liberal estaba Durand, antiguo partidario de Piérola. Poco a poco adquirió la propiedad de La Prensa. Durand tuvo participación en el movimiento que, años después, derrocó al Presidente Billinghurst y puso en el gobierno al entonces coronel, y luego Mariscal, Oscar R. Benavides. Pero La Prensa no cambió y siguió su línea independiente. La pugna con los gobiernos era cosa corriente.
Vino después (1919-1930) la dictadura de Leguía, un ex Presidente que había roto con el Partido Civil. Leguía, atacado tanto por La Prensa como por El Comercio, no se atreve a cerrar El Comercio, o apoderarse de él, pero sí lo hace con La Prensa. Una noche, entra la policía, y al día siguiente sale La Prensa como un periódico gubernamental.
Medio siglo más tarde, en 1974, la dictadura “revolucionaria” de Velasco repetiría exactamente el atropello de Leguía con La Prensa pero, también, con todos los demás periódicos.
El Comercio en aquel entonces, medita y concluye que no debía arriesgarse a una suerte semejante. Abandona su intervención en la política, cesa de criticar al gobierno y se dedica a consolidar su situación económica, cosa que logra efectivamente.
La Prensa dejó de aparecer poco después de la caída de Leguía. Volvió a manos de sus propietarios legítimos, que no habían querido recibir la indemnización otorgada por el gobierno de Leguía, pero que no se animaban a sacar el periódico otra vez. El Perú era nuevamente un país de un solo periódico, el que cobraba cada vez más influencia.
En el Perú, donde es costumbre hacer las cosas “a la criolla”, con éxito a la corta pero no a la larga, El Comercio se convirtió en el modelo del periodismo peruano. Cuanto decía pesaba grandemente en la opinión pública. En general, cuando se hablaba de diarios, la mayoría de la gente decía: “los Comercios”.
Un malhumorado catedrático de la Universidad de San Marcos aplazó cierta vez a un alumno que, en un examen, se refirió a la supuesta obligación legal de publicar “un aviso en El Comercio”, y no simplemente “en un diario”, que era lo que decía la ley. El alumno nunca pudo explicarse qué error había cometido en su respuesta.
Era tal el poder de El Comercio, que sus mismos dueños y periodistas hacían alarde de que, con un par de editoriales, traían abajo a un gabinete o hacían que el gobierno diera marcha atrás.
Los allegados del Mariscal Benavides cuentan cómo le preocupaba el pensar que, al término de su gobierno dictatorial de varios años, El Comercio, que nunca demostró simpatía por él, le haría la vida muy difícil. Seguramente no olvidaba los extremos a los que llegó El Comercio contra Leguía, después de la caída de éste.
Pero por entonces hasta los propios dueños de El Comercio se daban cuenta ya de las ventajas de no seguir siendo el único blanco de las iras de un gobierno y de la conveniencia, por tanto, de que saliera otro periódico. Después de todo, ¿qué habría pasado si no hubiera existido La Prensa en tiempo de Leguía? El Comercio habría sido la víctima.
Es curioso que no obstante la enorme diferencia de edad, hacía años que había surgido una sincera amistad entre don Pedro de Osma y yo. Muchos domingos por la tarde nos reuníamos algunos de sus amigos en su casa de Barranco. En esas reuniones tuve oportunidad de aprender mucho sobre la política de los tiempos anteriores, sin imaginarme, por supuesto, que estaba en vísperas de seguir la línea de don Pedro en La Prensa, treinta años después que él.
Cada vez cobraba más cuerpo la necesidad de un nuevo periódico pero no era fácil encontrar quien quisiera arriesgarse a asumir su dirección. Finalmente, entre los promotores, de la reaparición de La Prensa, se escogió al más joven y, por lo mismo, al menos consciente de la enormidad de semejante aventura. Fue así como yo terminé por aceptar un encargo que tenía que ser de lucha y tanto más difícil cuanto que yo no sabía una palabra de periodismo.
Es de imaginar cuánto esfuerzo costó, por fin, sacar el 20 de julio de 1934 el primer número que, naturalmente, no era igual, pero sí lo más parecido posible a El Comercio que, en opinión general, era el modelo de lo que debía ser un periódico.
Con mucha pasión, aunque poco conocimiento, fue en esa época que me tiré a matar por mejorar La Prensa con las vagas ideas que por entonces tenía. Noche tras noche me quedaba en talleres hasta la salida del diario. Apenas dormía.
Tomaba una botella de cerveza y comía apresuradamente un sándwich a cualquier hora. Esto duró unos dos años, al cabo de los cuales, mi salud se quebrantó por entero.
El doctor Gastañeta que era nuestro médico e íntimo amigo, me dijo: “Si sigues así y aunque tienes la edad que tienes, puedes terminar en el cementerio”. En efecto, mantener La Prensa en vida, me estaba matando y, escuchando la voz de mi médico, decidí perentoriamente marchar a una clínica extranjera, en la cual me confirmaron una terminante prescripción de absoluto reposo.
Durante mi ausencia y mientras yo me iba reponiendo, La Prensa pasó por diversas manos. En el extranjero, ya recuperada mi salud, desempeñé varios encargos del Gobierno. Fui finalmente nombrado embajador del Perú en Washington, desde mediados de 1944 hasta finales de 1945, bajo el primer mandato del presidente Manuel Prado.
Paralelamente y con aquella vocación latente de periodista desarrollada incipientemente años atrás, me dediqué a familiarizarme con los principales diarios de la época. No perdí oportunidad alguna de vincularme con los más capacitados periodistas de entonces, viviendo prácticamente en su medio. Con ellos aprendí los secretos de la profesión.
Con todos estos conocimientos regresé al Perú sin sospechar que toda esta experiencia acumulada habría de ser aplicada muy pronto. La Prensa, que había estado en manos de personas que deseaban utilizarla para fines políticos, una vez pasadas las elecciones de 1947, perdieron interés en el periódico.
Fue entonces que un grupo que sí deseaba tener un diario independiente e informativo, decidió adquirir La Prensa y a ella ingresé primero como miembro del directorio y luego al frente de la dirección.
Encontré que el periódico se parecía muchísimo al que habíamos lanzado en 1934 que, como dije, seguía el modelo de El Comercio. Ni qué decir de la maquinaria que era por demás vetusta. Todo estaba por hacer. Así apliqué mis experiencias adquiridas en el extranjero.
Pero algo que llamó particularmente mi atención en La Prensa, fue que los obreros de talleres no estuvieran sindicalizados. Tuve diversas reuniones con los trabajadores del diario y, al fin, los convencí de crear un sindicato para lo cual solicitamos de la repartición gubernamental respectiva la oficialización del mismo.
Cuál no sería mi sorpresa cuando en ella los funcionarios dijeron que no podían darnos la autorización de formar el sindicato porque ni El Comercio tenía esta pretensión. Insistimos y machacamos hasta que, por fin, por primera vez en el Perú, los trabajadores de un diario tuvieron su entidad representativa. Esto fue acordado el 19 de marzo de 1948.
En cuanto a la técnica periodística, comenzamos a aplicar el principio básico de no mezclar la información con la opinión.
Con referencia a lo primero: la Verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, fue nuestra norma. Que el lector llegue a tener toda la confianza en que cuanto lee, sea verídico e imparcial. Y en cuanto a la opinión, ella sólo debía aparecer en la página editorial.
En otras palabras, que el periódico fuera escrito para satisfacer al lector y no para que se diera gusto quien lo escribiera.
La tarea no fue fácil, porque había que comenzar por los cimientos, pero éste fue el espíritu con el cual emprendimos la reforma de La Prensa que se consolidó, como veremos, en 1950.
Entonces tuve la suerte de que un grupo de jóvenes se sumara a esta empresa. Lo hicieron con gran vocación y resueltos a convertir al periódico en un instrumento de bien para el país.
El público respondió a nuestros esfuerzos, y La Prensa empezó a adquirir cada vez mayor acogida y mayor influencia.
Eran los años en que, alrededor de Lima, comenzaban a surgir las barriadas, cuyo significado no parecía preocupar a nadie. Otro tanto ocurría en las mayores ciudades del Perú. El Gobierno sostenía que no podía existir el problema de la vivienda, porque ya se había ocupado de él. Su única acción parecía ser que la policía combatiera las llamadas “invasiones” en los descampados. Tampoco la opinión pública parecía interesada en el asunto. Nadie pensaba en la causa profunda de estos intentos de miles de personas sin techo, por establecerse de cualquier manera en los alrededores de la ciudad.
Cuando La Prensa llamó la atención sobre este problema, voceros del Gobierno llegaron a decir que estábamos ayudando a los comunistas.
Poco a poco, La Prensa fue despertando a la gente sobre la necesidad de actuar y, por fin, se llegó a admitir que era un problema nacional de primerísima importancia y que debía ser atendido.
Un bombazo oportuno para nuestra campaña fue el surgimiento masivo, al amanecer del 25 de diciembre de 1954, de la “Ciudad de Dios” en las Pampas de San Juan de Miraflores, al sur de Lima. La llamada Asociación Mutualista “La Providencia” se había establecido ahí con miles de sus miembros, bajo la dirección de Alejandro López Agreda, que se volvió súbitamente una figura nacional.
Las anteriores “invasiones” no habían sido tan espectaculares. Es significativo que el primer nombre que el periodismo dio a este fenómeno fue el de “urbanizaciones clandestinas”. Así se formó lo que es ahora el distrito de San Martín de Porres. Después se las llamó “barriadas marginales”, un nombre puesto por los urbanistas. Menos dispuesta, todavía a llamar las cosas por su nombre, la dictadura de Velasco acuñó la denominación actual de “pueblos jóvenes”.
La Prensa dio la noticia del nacimiento de la “Ciudad de Dios” al día siguiente de la “invasión” y luego siguió informando diariamente sobre el particular, mientras los demás periódicos no decían una sola palabra por más de una semana.
El Gobierno difundió el rumor de que se trataba del comienzo de un plan comunista para copar la ciudad, apoderándose de una de las salidas de Lima, ya que la Carretera Panamericana Sur está a muy poca distancia.
En ese camino se produjo un embotellamiento que duró bastantes días, a causa de la cantidad de gente que iba a mirar cómo era la nueva “Ciudad de Dios”.
Se dice que Odría fue también una noche a visitar el lugar, para informarse personalmente de lo que sucedía, pero, por supuesto, disfrazado y de “incógnito”.
Pero el Gobierno no se atrevió a desalojar a los pobladores de la “Ciudad de Dios” como había acostumbrado hacer con otras, “invasiones”.
La Prensa profundizó en el análisis del problema. ¿Cómo podía abaratarse la vivienda? ¿Era posible mantener en vigencia el uniforme reglamento de urbanizaciones que había sido dictado para barrios de lujo como, por ejemplo, San Isidro?
Uno tras otro, estudiaba así los distintos aspectos de un fenómeno que requería la acción urgente de la sociedad y del Estado.
La Prensa promovió competencias entre los arquitectos sobre el plano más convincente y más barato para la vivienda popular decente. Luego construía, a su costo, la casa que recibía el primer premio. Un modelo premiado fue el de “La Casa que Crece” que, como su nombre indica, estaba preparada desde el principio para ser ampliada al menor costo posible, a medida que la familia aumentara de tamaño o de renta.
En fin, no voy a enumerar todo lo que hizo La Prensa en relación con la vivienda para el pueblo, porque sería muy largo de contar. Pero el hecho es que, al fin, tuvimos la satisfacción de que nuestra campaña se impusiera y que todos reconocieran que se trataba de un verdadero problema nacional, del que el Gobierno estaba obligado a ocuparse sin demora, porque era vital para la gente de situación modesta.
A tal extremo habían cambiado las cosas en 1956 que, poco después, en la primera semana de su gobierno, Manuel Prado me llamó para pedirme que me hiciera cargo del problema de la vivienda. Agregó que yo era la persona más apropiada para el cargo por ser el director de La Prensa y ésta, la que había creado conciencia en el país sobre este problema.
Me negué en principio, pues hice notar al Presidente que no había en el Perú quien dominara realmente un problema tan vasto. Añadí que muchos países habían fracasado al tratar de resolverlo, sin tomar en cuenta la experiencia adquirida en otras partes. En consecuencia, le dije, me parecía conveniente nombrar una comisión que estudiara el asunto e hiciera recomendaciones, después de informarse de los sistemas ensayados con éxito en otros países, pero siempre con la mirada puesta en las necesidades y posibilidades peculiares del Perú.
Prado me dijo que le parecía muy bien, pero que yo tenía que presidir dicha comisión. Le respondí que tendría que conocer antes los nombres de los demás integrantes. El Presidente, de inmediato, puso fin a toda duda al decirme en una de sus características reacciones: “Yo haré que te den formularios para decretos, y tú ocúpate de llenar uno y de traérmelo para la firma. Pero tendrás que cubrir con una mano los nombres de los miembros de la comisión, que yo sólo conoceré, así, después de que ya estén efectivamente nombrados por decreto”.
No puedo dejar de mencionar que fue esa comisión –que se ocupó también, después, del primer proyecto integral sobre Reforma Agraria en el Perú– la que, antes de terminar su informe sobre la vivienda, envió al Gobierno un proyecto de ley que autorizaba el funcionamiento de las Mutuales para financiar la adquisición de casas modestas. Estas instituciones eran desconocidas entones, no sólo entre nosotros, sino también en los demás países de América Latina.
Fue en el siglo XVIII en Inglaterra, que, de los esfuerzos de un grupo de gente modesta para encontrar la manera de poder tener casa propia donde vivir, nacieron estas cooperativas. Han conservado hasta hoy el nombre con las que se las conoció entonces de “Building Societies”, cuya traducción literal es “Sociedades Constructoras”.
Al poco tiempo de comenzar el trabajo de nuestra comisión, fui encargado por ella de ir a los Estados Unidos, en busca de reconocidas autoridades en el problema de la vivienda, que pudieran venir al Perú a informarnos sobre sus experiencias en la materia. Tuve la suerte de conseguir, entre otros, al entonces presidente de la Liga Mundial de Sociedades Constructoras, que allí se conocen como “Savings and Loan Associations”, en nuestro idioma “Asociaciones de Ahorros y Préstamos”.
Tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos este género de cooperativas que llamaré “Mutuales”, ya que éste es el nombre con que nosotros las conocemos, han adquirido desarrollos verdaderamente fenomenales, llegando a pesar en el mundo económico y financiero de sus países. Debo agregar que, en general, sucede lo mismo en todas partes donde existen Mutuales.
Su éxito radica en que cada una de ellas es una entidad independiente de la intervención del Gobierno, pudiendo así inspirar confianza. Por lo tanto, atraen a todo el mundo. Para ser miembro de una Mutual basta con hacer un depósito. Aunque sea de muy poco monto, es recibido con beneplácito. El éxito está en la cantidad de depositantes. Luego, su único negocio es prestar, aun a largo plazo, a quienes quieran poseer casa propia. Deducidos los gastos administrativos, el interés que les cobran es dedicado a pagar el interés que deben a los depositantes. Y eso es todo. No hay ninguna intervención extraña. Sólo los depositantes pueden votar en las Juntas Generales.
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